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Sin pan y sin trabajo

  • Published in Cultura

La crisis sanitaria global, producto de la extensión de la pandemia del coronavirus, tendrá sus secuelas en una crisis social y económica que no puede ni debe recaer en las clases populares, como ha ocurrido siempre, desde el crack de 1929 hasta la reciente crisis financiera que comenzó con la quiebra de Lheman Brothers en 2008 y se extendió durante una década.

La vulnerabilidad de las clases medias y trabajadoras las convierte en perdedoras de todas las crisis, en presa fácil para endosarles la factura en forma de recortes de servicios básicos esenciales para su vida, de paro o de más trabajo precario, cuando no de simple olvido.
Algunas obras de arte recrean el drama que esto acarrea, su desgarradora hondura, una de las más sobresalientes que conozco se encuentra en Buenos Aires. Gran capital de la vida creativa, artística y cultural, uno puede perderse en librerías abiertas hasta la madrugada, ver a sus mejores actores o actrices en los teatros de Corrientes o simplemente, perderse en cafés legendarios como el Tortoni, asistir a conciertos de buen rock en el Luna Park o a las milongas decadentes de la Confitería La Ideal. Si uno es devoto del arte popular, puede encenderle un pitillo a Gardel y colocarlo entre los dedos de la estatua que adorna su tumba en La Chacarita, en cambio si es diletante del arte fúnebre, puede acercarse a La Recoleta, uno de los cementerios más bellos del mundo, y de paso llevarle unos lirios a Evita. Si le gusta la pintura, el museo de Bellas Artes alberga una gran colección de pintores criollos de extraordinaria calidad como Eduardo Sívori, Prilidiano Pueyrredón, Ángel de la Valle o Ernesto de la Cárcova.
Este último, Ernesto de la Cárcova, hijo de la burguesía porteña, inició sus estudios en Buenos Aires y los completó en la Academia Albertina de Turín. De regreso a su ciudad, completó un lienzo iniciado en Roma que tituló “Sin pan y sin trabajo”. No es este el cuadro más deslumbrante del Museo de Bellas Artes, a mi juicio ese honor le corresponde a “La vuelta del Malón”, espléndida obra de Ángel de la Valle que recrea el mito de la cautiva, la mujer blanca secuestrada por los indios, muy recurrente como atestigua “Centauros del desierto”, pero sí es el más dramático y actual por el tema que trata: el paro, la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades.
La lúgubre vivienda de una pareja y su hijo, figuras centrales del óleo, es la escena donde se desarrolla el gran drama de los trabajadores de la época (1886) en plena revolución industrial. La mujer con el rostro cansado y la mirada perdida da el pecho a su pequeño, mientras el hombre observa por la ventana una escena que se desarrolla en la calle, a lo lejos. Su cuerpo inclinado, su mirada inquisitiva y el puño cerrado sobre la mesa son síntomas de impotencia y frustración: contempla la carga de la policía contra una concentración de obreros a las puertas de una fábrica cerrada. Lo demás, la picareta inútil sobre la mesa vacía, la inestabilidad de la silla donde se sienta, las raídas ropas o los famélicos rostros, dan fe de las condiciones de vida de los obreros de aquellos y de estos tiempos en muchas latitudes.
Carlos de la Púa, “El malevo Muñoz”, los describía poéticamente:
                                “Vinieron de Italia, tenían veinte años,
                                 Con su bagayito por toda fortuna
                                 Y, sin aliviadas, entre desengaños
                                 Llegaron a viejos sin ventaja alguna”.
“Sin pan y sin trabajo” nos remite a dos ámbitos, y ninguno de los dos es acogedor, afuera llueven palos y adentro solo hay un poco de leche materna para un lactante. En la vía pública se persigue y se reprime, en el chamizo que tienen por vivienda crece la angustia y la desesperación. La calle y la casa son el anverso y el reverso de una misma moneda: un mundo opaco y triste, sin horizontes que alivien unas vidas al límite.
Ahora bien, el puño cerrado también es un programa, la lucha organizada ya se estaba llevando a cabo con sindicatos y partidos de emancipación cuando De la Cárcova termina su obra. Muchos colectivos como trabajadores textiles, cigarreras, tipógrafos, sastres, cocheros, trabajadores del frío, yeseros, maquinistas de locomotoras, albañiles, etc. habían creado sindicatos al calor de la 2ª Internacional que a la larga terminan convirtiéndose en el poderoso movimiento sindical argentino que conocemos hoy.
Ernesto de la Cárcova continuó su carrera siendo un pintor de reconocido prestigio, se afilió al incipiente Partido Socialista y llegó a ser el primer presidente de la Academia de Bellas Artes, pero nunca volvió a pintar algo tan emotivo, tan realista como simbólico, fue su primera y mejor creación. Analizado y debatido hasta la saciedad a la manera argentina, plasmado en libros de texto y  reproducido por otros artistas en diferentes formatos, la cultura argentina lo convirtió en símbolo del arte patrio y emblema nacional.
También continuaron su camino los sindicatos argentinos, hoy Argentina tiene uno de los porcentajes más altos del mundo en cuanto a trabajadores sindicados, el 40% de ellos lo está, y realizan una importante obra social con comedores o seguros médicos que garantizan una cobertura relevante siempre, sobre todo en tiempos de las cíclicas y reiterativas crisis económicas y financieras que asolan el país. Entre 15 y 20 millones de personas son atendidas a través del sistema de salud sindical, aparte de sufragar una parte considerable del arte, la cultura y la rehabilitación del patrimonio cultural.
Robustos, poderosos, sobreactuados y pactistas, de corazón peronista desde que Juan Perón los convirtió en la base de sus periodos presidenciales al desconfiar del ejército y la oligarquía,  deberán renovar el discurso y las estructuras si quieren seguir siendo una de las piedras angulares sobre las que pivota la política social argentina.
Hace más de un siglo Ernesto de la Cárcova pintó un cuadro inmortal porque la explotación de las clases trabajadoras no ha cesado, no es la memoria de un tiempo periclitado sino la conciencia de nuestro tiempo, un tiempo donde la brecha entre clases se acentúa y continuará así hasta que se logre un sistema de justicia social, redistribución de la riqueza y de respeto a la dignidad de las personas.
                                           
 Gerardo Rodríguez (miembro del Secretariado Nacional del STEC-IC)