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Los niños de hoy

EL BAR DE PEPE

En los años 70, en el barrio marginal del Somorrostro, en la Barcelona del siglo pasado, las chabolas hechas de planchas de uralita, maderas de cajas desechadas, cartón, cualquier material era bueno para hacer un cubículo donde vivir. Gitanos y emigrantes se confundían entre ellos, la falta de alcantarillado hacia que los residuos fecales deambulaban entre el barro de las callejuelas y los pies de los niños que jugaban con una pelota de trapo.
Los domingos por la mañana, solía acompañar a D. Miguel para hacer entrega de ropa y alimentos a un cura obrero que se ocupaba de distribuirlo entre los habitantes del suburbio urbano. Muchas veces me pregunté la cantidad de niños que morían en el Somorrostro, víctimas de infecciones de virus y bacterias de todo tipo, sin embargo, los datos decían lo contrario, un niño de la calle Balmes o de cualquier otra zona de la ciudad era más propenso y tenía más probabilidades de padecer la poliomielitis, la tuberculosis o la varicela, sarampión etc., que un gitanillo del gueto barcelonés.
Nosotros, los pequeños de la posguerra europea, nos criamos más fuertes, más robustos y con menos de todo. La penicilina era un lujo al alcance de muy pocos, el mercado negro era la única forma de conseguir una dosis y lo pagabas a base de sangre sudor y lágrimas.
Crecimos fuertes y robustos, duros como las rocas y tuvimos que trabajar para hacernos un hueco en la sociedad, el Somorrostro no existe.
Hoy la juventud es distinta, diferente, una juventud muy light, hoy los chicos y chicas son más altos, más rubios y posiblemente más guapos, pero más inmaduros, más débiles. Nosotros, por tal que nuestros hijos tuvieran algo mejor, les dimos cuanto pudimos y mucho más, y ellos tuvieron lo que nosotros nunca tuvimos.
A su vez nuestros hijos han seguido la estupidez, que comenzamos nosotros, dándoles aun más de todo, y sus hijos, nuestros nietos, se han acostumbrado a que ellos se lo merecen todo sin el mínimo esfuerzo, ni siquiera para estudiar, ellos se creen con derecho a todo lo que el sistema consumista les ofrece.
La vuelta al colegio de los jóvenes españoles después del confinamiento y en plena pandemia, con toda la seguridad posible, no debe suponer un drama, ni mucho menos. Será bueno que se vayan responsabilizando, que se inmunicen ante la estupidez y el pasotismo. Que se den cuenta del peligro que supone no respetar las normas para evitar el contagio del covid19.
Cuando lleguen a las aulas y vean como están alejados de sus compañeros, como ha cambiado todo el sistema escolar, las mascarillas, los libros e incluso el trabajo telemático, el recreo y las actividades deportivas. Cuando estén inmersos en la responsabilidad de cambiar su actitud ante el gran problema que estamos viviendo, empezarán a darse cuenta del coste de vivir.
No tienen más riesgo las aulas de los colegio o institutos que la guagua escolar o los tranvías, ir a un cine o a una pizzería, pero si tiene muchísimo más peligro asistir a una reunión de “coleguitas”, que puede poner en riesgo la salud de ellos y las de sus familiares.
Hay que hacerlos responsables, ya no solo de su móvil, de todos los actos en su vida. Es bueno que pisen el barro con los pies descalzos, hay que acostumbrarlos, desde la infancia, a los riesgos de una sociedad globalizada donde el peligro se ha multiplicado geométricamente.
Abrir los colegios, los institutos, las universidades, con la responsabilidad añadida de la situación que vivimos, es imprescindible, normalizar la vida se hace cada vez más urgente y necesario, debemos acostumbrarnos a convivir con nuevos peligros a los que nunca pudimos imaginar. Nuestra juventud tiene que demostrar fortaleza, entrenarse psicológicamente para lo que les tocará vivir, la pandemia del año 20 del siglo XXI es un buen sparring.

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