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Ser carne de cañón… comiendo

Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social

{mosimage}Pocas necesidades son tan vitales como la de nutrirse. Pocos placeres son tan intensos como el de comer. En la cotidiana costumbre de alimentarnos se dan cita, de manera extraordinaria, tanto el atender a un requisito básico para nuestra subsistencia, como el darnos uno de los mayores gustos de vivir. Y así nos va.

Junto la falta de acceso a agua potable, la carencia de alimentos es una de las maneras de malvivir más atroces. Necesitamos comer todos los días alimentos saludables y nutritivos. Y se producen comestibles de sobra para el conjunto de la humanidad. No obstante, millones de seres humanos -836 millones, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo- amanecen, cada día, con el estómago vacío y las fuerzas vitales mermadas, cercados por las enfermedades y la misma muerte.

Hasta en los bienintencionados planes de los organismos internacionales para poner coto a este reto humanitario, se pone de manifiesto la despiadada condición del orden político internacional, pues sonroja el imaginar cómo se deciden los porcentajes de seres humanos que quedan fuera de los objetivos y los plazos que, “razonablemente”, se proponen alcanzar. Demasiadas veces, el principio de realidad, es solo renuncia y sumisión. Y es que, debido al azote del neoliberalismo económico, incluso en la parte del planeta donde mejor se vive y donde casi todo el mundo come, la pobreza y la malnutrición vuelven a avanzar. Después de mucho tiempo en el que el principal efecto de ser pobre en occidente era, paradójicamente, padecer obesidad, ahora, se vuelve a pasar, literalmente, hambre.

La carne es uno de los productos económicos más antiguos de la historia de la civilización: la revolución neolítica se sustentó sobre campos de cereales, legumbres y hortalizas y sobre ganados de reses, ovejas y cabras. Pero, a diferencia de lo que ocurre con el cultivo de las verduras, producir carne siempre ha sido muy costoso, por lo que, durante muchísimo tiempo y para la inmensa mayoría de los seres humanos, la carne ha sido, como mucho, un complemento de la nutrición y no su base… Hasta mediados del siglo XX en que, primeramente, en los países ricos el consumo de productos cárnicos se popularizó y se ha ido extendiendo por todo el mundo hasta constituir, hoy en día, un complejo de problemas ecológicos, económicos y sociales de impacto global. Fuera de todo control y de toda lógica.

Entre las locuras que caracterizan a la cultura actual, el culto a la carne no es de las menores. Porque todo en torno a la carne está sobredimensionado: la superficie de pastos para su producción; la proporción de cereales dedicados a la nutrición animal; las emisiones de metano y de purines que conlleva; el uso de potentes medicamentos para evitar mermas en el ganado; los modos de procesarla para asegurar su conservación; y los problemas de salud que causa su excesivo consumo.

Y, ahora, va la Organización Mundial de la Salud y hace públicas varias investigaciones en las que se demuestra que la carne procesada –y, según qué tipos, sin procesar- tiene un potencial cancerígeno no desdeñable. Lo que, sumado a su conocida relación directa con varias de las principales causas de muerte prematura en las sociedades desarrolladas, tiene a la mayoría de la gente cariacontecida y rumiando, mientras se ventila el acostumbrado bocadillo de fiambre, que, en fin, ¡de algo hay que morir! ¿No?

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