Log in
Sin imágenes

De poetas, dictadores y guerrilleros

  • Published in Política

La satrapía que dirigió los destinos de Nicaragua desde 1933 hasta 1979, gobernó con puño de hierro, expolió y asesinó a un número indeterminado de personas al tiempo que redujo a la más absoluta pobreza e ignorancia al pueblo de Nicaragua.

Pero también congregó durante décadas a muchísimos ciudadanos que se integraron en las filas de la guerrilla del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Se puso fin la dictadura que constituyeron Anastasio Somoza García, Luis Somoza Debayle y Anastasio Somoza Debayle. Una saga de tiranos que contaba con la complacencia y el beneplácito de Estados Unidos (saben aquel que diu “Somoza es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta”, no lo contó Eugenio, sino Franklin Roosevelt).
Al primer Somoza (vulgar, cínico, cruel hasta la vesania, despiadado) lo mató un poeta, Rigoberto López Pérez, en la ciudad de León, cuna del progresismo nacional. No es de extrañar que fuera un poeta el brazo ejecutor del tirano en el país que presume de tener más poetas del mundo por km cuadrado, tal es así que la mujer de Somoza fue Salvadora Debayle, hermana de Margarita Debayle, a quien el bardo nacional por excelencia, Rubén Darío, siendo niña le dedicó aquella diáfana, prístina ,inolvidable y musical poema que todos hemos verbalizado alguna vez:
“Margarita, está linda la mar,
Y el viento,
Lleva esencia sutil de azahar;
Ya siento
En el alma una alondra cantar;
Tu acento,
Margarita, te voy a contar
Un cuento:..”
La poesía no acaba aquí y sigue derramando versos de maravilloso modernismo. Lo mismo que el cuento real, el que vivieron los nicaragüenses, tampoco acabó desgraciadamente, un cuento de tres dictadores como los tres tenores del terror y que probablemente a muchos nicaragüenses les hiciera recordar el tan breve como genial cuento del gran Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
Hace mucho que los Somoza desaparecieron de la vida pública, pero no los poetas. En 2020 moría Ernesto Cardenal y lo hacía a la manera en que al parecer lo hacen en Nicaragua: denunciando, desafiando y señalando otra dictadura, la que conforman Daniel Ortega y su mujer Rosario Murillo, presidente y vicepresidenta en estos momentos, que usurpan el nombre de Sandino con su retórica hueca y huera, reiterativa y cansina. En este pequeño país centroamericano los poetas son soldados contra las dictaduras como lo confirman los casos de Rigoberto López Pérez, Ernesto Cardenal, Gioconda Belli o Tomás Borge. Será una característica del país, será.
La silueta de Augusto César Sandino se recorta sobre un promontorio en Managua como en la península vemos, en lontananza, el toro de Osborne. Inconfundible con el sombrero de ala ancha que lo caracterizó en vida, la figura se levanta como lo que fue: un gigante contra el imperialismo de los gringos que habían convertido su país en una finca frutera. Su estatura, la de un prócer de toda América Latina y su ejemplo, el de un hombre universal. Murió en una emboscada traicionera de los lacayos del imperialismo, que desde entonces se hicieron con las riendas del país sin resistencia alguna.
A Sandino lo asesinaron pero muchas décadas después ganaba batallas después de muerto, como El Cid. Todo comenzó en Honduras en 1962 cuando la oposición a la dictadura se unió “manu militari” en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), bajo la dirección de un moderno Sandino, con gafas y estudios, llamado Carlos Fonseca, el carismático revolucionario que organizó la lucha armada contra la dictadura que 17 años después derrocaría al último Somoza y bajo los colores de la bandera roja y negra del FSLN entraría en las calles de Managua, mecida por la cálida brisa tropical. Sin embargo, a Fonseca lo mataron, en combate contra la Guardia Nacional, antes de culminar la gesta y pasó a integrar el panteón de los héroes románticos que mueren jóvenes (40 años), como el propio Sandino (38). Tomás Borge, desde la cárcel, le escribió la letra de una canción que luego musicalizaría Carlos Mejía Godoy, el trovador de la revolución, que hoy se encuentra amordazado por los mismos que contribuyó a encumbrar, mirando hacia atrás con ira mientras rememora tantas tardes de gloria.
Creo no estar equivocado si afirmo que Sandino y Fonseca no serían hoy parte de la corte de Daniel Ortega y Rosario Murillo y su ideario antimperialista no estaría al servicio de una dictadura como la que hoy personifican los dos conyugues, presidente y vicepresidenta del país, una especie de monarquía republicana que la izquierda, incómoda, no sabe cómo asumir porque nos quema. Por mi parte, creo que el imperialismo norteamericano está penamente vigente-veremos si dejan y cómo dejan gobernar a Boric en Chile- pero ese relato no basta para excusar a la pareja reinante en Nicaragua, que han llevado a cabo el desmantelamiento de las bases del sandinismo y su teoría corre el riesgo cierto de caer en la incoherencia después de reprimir a sangre y fuego las protestas populares de 2018, con decenas de detenidos y más de 300 muertos.
Esas protestas comenzaron cuando se quiso reformar la Seguridad Social, aumentando las contribuciones de los trabajadores, aparte de otras medidas antisociales como una retención del 5% de la paga de los jubilados, mientras Rosario Murillo, por gusto o insensatez, siembra las calles de Managua de árboles metálicos inspirados en Klimt, por valor de 20 millones de dólares. Esa fue la gota que colmó el vaso porque ya antes los Ortega-Murillo habían pactado con el expresidente derechista corrupto Arnoldo Alemán, a quien dejaron libre como un pajarito por un acuerdo sobre el porcentaje de votantes necesarios, que les facilitaba el acceso al poder. Esa enfermedad incurable que padecen, según palabras del exguerrillero Pepe Mujica. Lo mismo que habían pactado con ese enemigo del sandinismo y reaccionario recalcitrante que fue Monseñor Miguel Obando y Bravo, arzobispo de Managua, a quien rindieron pleitesía aprobando una de las legislaciones más duras y restrictivas contra el aborto, que lo prohíbe incluso en caso de peligro para la vida de la madre o de violación. No es de extrañar que el orondo Obando oficiara su matrimonio por la Iglesia. Mientras muñían sus intereses con Obando, languidecían los sacerdotes de la Teología de la Liberación, que contribuyeron con su vida al triunfo del sandinismo.
En el exilio muchos de sus antiguos compañeros de armas, desde Gioconda Belli a Sergio Ramírez, encarcelados algunos/as comandantes que liberaron ciudades enteras como Dora María Téllez que con boina y botas entró en la León liberada de Somoza, hipnotizada buena parte de la izquierda con la retórica vacua de Ortega sin atenerse a los hechos como una víctima más de la postverdad, encarcelada la oposición, muda cualquier objeción, erradicada cualquier forma de participación política que no obedezca verticalmente. Se fueron para no volver los días de vino y rosas de las campañas de salud y alfabetización y que atrajo al país a múltiples activistas, intelectuales, colaboradores o incluso guerrilleros de otros países que vieron en Nicaragua, en el FSLN y el derrocamiento de Somoza, un paso de gigante para la liberación de los pueblos oprimidos del mundo.
Uno de esos guerrilleros fue un apuesto médico panameño al que le gustaba bailar salsa, al ritmo de las canciones de Héctor Lavoe o Rubén Blades. Personificaba un tipo de hombre ajeno al poder, internacionalista y cosmopolita, que nunca abandonó la idea de una justicia social universal, extrovertido y divertido, ideológicamente adscrito al socialismo democrático de un Salvador Allende o de un Jorge Eliecer Gaitán. Conozco a una amiga suya que le preparaba uno de sus platos preferidos, una especie de conejo silvestre de Panamá y países limítrofes que se llama “lapa”, y que se lo hacía a la cazuela, tal y como nuestras abuelas y madres preparan el guiso de conejo aquí. Se llamaba Hugo Spadafora Franco.
Luchó junto a Amílcar Cabral por la liberación de Guinea Bissau y Cabo Verde del dominio colonial portugués hasta que regresó a Panamá donde integró las filas de la guerrilla que se opuso al Golpe de Estado de 1968 contra el gobierno del conservador Arnulfo Arias. En la cárcel conoció al principal cabecilla del Golpe, el general Omar Torrijos, un militar nacionalista, con tendencias sociales muy acentuadas, sin rasgos anticomunistas como estilaban los golpistas clásicos del continente, carismático y ambicioso. Torrijos quería conseguir para su país la devolución del Canal, en ese momento en poder de los Estados Unidos mediante un acuerdo que lo hacía propietario de por vida, desde su construcción en 1914, y para sorpresa de todos lo logró mediante los históricos acuerdos Torrijos-Carter(1977). La sintonía de Spadafora con Torrijos, le llevó a salir de la cárcel y ocupar el viceministerio de Sanidad durante dos años.
A la postre, como un nuevo Guevara, se alejó del poder para tomar el fusil y luchar como comandante de una guerrilla internacionalista integrada en el FSLN nicaragüence. Algunos años después ya luchaba contra los sandinistas junto a un camaleón sin principios llamado Edén Pastora, de profesión Edén Pastora, y luego contra Pastora junto a la etnia de los misquitos. Como Diógenes, Spadafora entraba en los teatros cuando los demás salían.
Después de que Omar Torrijos muriera en un oscuro accidente aéreo y Manuel Antonio Noriega, el hombre de la CIA en Panamá, se adueñara del país, Spadafora lo denunció públicamente y se enfrentó a él. Los esbirros de la dictadura entonces lo detuvieron y lo hicieron bajar del servicio público en que viajaba, como ya intuía su final, mientras caminaba apresado hacia la comisaría le comentaba a los transeúntes que lo reconocían de inmediato que él era el doctor Hugo Spadafora y que no había cometido delito alguno.
El sadismo con el que lo torturaron y mataron, decapitándolo sin que a día de hoy haya aparecido su cabeza, lo decía todo sobre el régimen de Noriega, un villano narcotraficante, espía de la CIA y lacayo obediente de Estados Unidos, presumiblemente involucrado en el accidente de Torrijos, que un buen día se reveló contra sus amos por intereses contrapuestos y cobró vida propia, como el monstruo del doctor Frankenstein. El asesinato de Spadafora y su multitudinario entierro, contribuyeron a hacer impresentable el Régimen y eso fue el principio del final de la dictadura de Noriega.
Ya saben, lo demás es Historia, el doctor Frankenstein invadió Panamá para capturar a su monstruo, causó decenas de muertos inocentes y “normalizó” la situación para que cambiara todo siempre que todo continuara igual. Hoy Panamá no da problemas, todo lo contrario, es un reputadísimo paraíso fiscal para multimillonarios.
La persona que le preparaba la “lapa” me pide que no deje de recordar a los hijos de Hugo Spadafora Franco, aquel guerrillero que sanaba los heridos y bailaba los palos del Caribe con sabrosura, se llaman Hugo y Afrique Marie Spadafora Acevedo.

Gerardo Rodríguez (miembro del Secretariado Nacional del STEC-IC)