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La saudade que provoca un rojo clavel

  • Published in Política

Llegué a Lisboa un 10 de junio por la mañana, lo recuerdo con exactitud porque me encontré la ciudad vacía, las calles desiertas y los comercios cerrados.

Solo algunos grupos se arremolinaban con banderas y bufandas en determinados sitios. Pregunté al azar qué festejaban y me dijeron que esa noche se juagaba la Taca, la copa de fútbol de Portugal, porque era el Día Nacional que coincide, o se hace coincidir, con el aniversario del fallecimiento de Camoens, el poeta nacional y autor de “Os lusiadas”, la gran epopeya portuguesa. Por la tarde, ya Lisboa se había galvanizado y la gente había tomado las calles para refrescarse con la brisa atlántica, asar sardinas y beber vinho verde. Por supuesto fui al partido.
Antes, durante el Estado Novo que instauró Antonio de Oliveira Salazar entre 1926 y 1974, a esa conmemoración se le sumaba el Día de la Raza, como todos los fascismos el portugués tuvo como eje angular de su sistema de ideas la raza, el chivo expiatorio de la extrema derecha es la inmigración ilegal pero en el fondo es la raza. Como Salazar también Franco, Mussolini o Hitler celebraban la creencia en ese supremacismo que, solo faltaba, los tenía a ellos en la cúspide de la pirámide, mientras los demás se despeñaban pirámide abajo como razas inferiores o poco desarrolladas, como mínimo con notables carencias civilizatorias, sostenían.
Le preguntaba Pereira al director de su periódico: “Perdóneme señor director, nosotros éramos lusitanos, luego vinieron los romanos y los celtas, después estuvieron los árabes, ¿qué raza podemos conmemorar los portugueses? La raza portuguesa, respondió el director”. Todos los racistas son así, si no hay un sustrato racial se lo inventan. El director del periódico, no hace falta decirlo, era un fantoche del régimen como lo fueron en España todos los directores de periódicos permitidos por Franco, desde Torcuato Luca de Tena hasta Emilio Romero.
La cita literaria corresponde a “Sostiene Pereira” (1994), una novela de Antonio Tabucchi que está ambientada en el agosto de 1938, un mes tórrido que hace sudar de lo lindo al protagonista central, un hombre bueno que se transforma a lo largo de una historia en alguien aún mejor, un hombre que bebe copiosamente limonadas y come tortillas a las finas hierbas en un céntrico café lisboeta. En el periodista Pereira, que elabora la página cultural de un periódico “legal” tolerado por el régimen, se dibujan las claves de la dictadura de Salazar, que son en realidad las claves de cualquier dictadura: la autocensura del propio periodista que cabila entre lo que puede publicar y lo que no es posible, la censura oficial, la subversión de los jóvenes, la delación como instrumento de control entre la ciudadanía, la policía secreta y, por último, el crimen y el exilio. Eso fue Portugal ente 1926 y 1974, cuando la “Revolución de los Claveles” sepultó al dinosaurio.
El “Estado Novo” era ese dinosaurio ideado por un gris y monacal profesor universitario que logró controlar todos los resortes de un poder omnímodo que llegó al delirio cuando, en 1968, una caída doméstica lo dejó impedido y lo sustituyó Marcelo Caetano, un salazarista contumaz y cultivado. Salazar fue destituido pero nadie se atrevió a decírselo, así que celebraba Consejos de Ministros y recibía en Palacio creyendo ser el Primer Ministro de Portugal, así fue hasta su muerte. Salazar, como Truman, creía ser feliz en su mundo perfecto de mentira y cartón piedra (“El show de Truman”,1998) .Nadie le ponía el cascabel al gato pardo de Salazar, ni un comentario sobre su situación offside, pareciera una película de Buñuel en la que todos se quedaban mudos. Ningún niño le dijo al rey que estaba desnudo y, como su vecino ibérico, murió en la cama rodeado de orondos obispos y sables cuarteleros, eso sí, sin un Marqués de Villaverde haciéndoles fotografías necrófilas.
Por cierto, el Caudillo español y el portugués compartían intereses e ideología en los largos años en que gobernaron pero no había química personal entre ambos. Salazar era más inteligente aunque igual de aburrido que Franco y además lo veía como un personaje vulgar y anodino, razón no le faltaba. Se parecían en el terror que inspiraban y en que sus respectivas dictaduras sobrevivieron y perduraron gracias a que en esta esquina del mundo que es la Península Ibérica, fueron peones útiles en el nuevo orden global surgido de la 2ªGuerra Mundial y la Guerra Fría y se alinearon sin pudor con Estados Unidos, ellos que tan fieramente filonazis habían sido.
Ayudó a Salazar en ese proceso de blanqueamiento, que no lo necesitaba para ganarse el apoyo norteamericano, como tampoco ser un demócrata ni un paladín de los Derechos Humanos; que en la ciudad de Oporto, cruzando el puente Luis I hasta el otro lado del Tajo, en Vila Nova de Gaia, se alcen las grandes bodegas de vino de Oporto. Salvo “Ferreira”, según me comentaron, todas las demás eran propiedad inglesa (Sandeman, Cálem, Taylor, Offrey, etc.). Sobre esa base alcohólica se fomentó durante siglos la amistad angloportuguesa que tan bien utilizó Salazar para mantenerse en el poder durante décadas, después de la victoria aliada. Nada más inglés que un oporto de aperitivo.
La primera flor que recuerdo haber visto en mi vida fueron claveles, los lindos y rojos claveles que se sembraban en macetas en el patio de mi casa, desde entonces siento predilección por ellos y una suerte de nostalgia me invade cuando los contemplo. Cuando, con el tiempo, estudié una materia llamada floricultura supe que era una flor mediterránea muy propia de la Península Ibérica. Una flor que le otorga color a la cultura popular del sur, desde la pintura de Julio Romero de Torres a las coplas de Quintero, León y Quiroga.
Por popular y asequible, lo llevaba el pueblo portugués en sus manos para tapar la boca de los fusiles aquel 25 de abril de 1974, en que fraguaron una revolución sin derramar una sola gota de sangre, que para rojo ya estaba el clavel, “un rojo rojo clavel que a la orilla de mi boca cuidé yo como una loca poniendo mi vida en él”. Y entonces, al son de “Grandola, vila morena”, de José “Zeca” Afonso, entró la primavera por la calles de Lisboa y la ribeira de Oporto y se expandió a Luanda y a Bissau, Maputo y a Mindelo, terminando con el viejo y decadente imperio portugués como un viento bíblico que arrasara con todo, sin derramar una lágrima de pólvora.
Ahora se conmemora un año más aquel acontecimiento que terminó con la dictadura de Salazar, ayudó a fagocitar las de España y Grecia, e impulsó la independencia de las colonias portuguesas de África, (Angola, Mozambique, Cabo Verde, Guinea Bissau). Los capitanes de abril tenían tendencias diferentes sobre cómo podría ser la nueva época que se abría tras Salazar y Caetano, estas tendencias iban desde la democracia participativa y asamblearia que defendía Otelo Saraiva de Carvallo hasta el conservadurismo de Antonio de Spínola. Al final, la democracia llegó en su forma parlamentaria y representativa, al mismo tiempo que se producía la amnistía de los presos políticos (Álvaro Cunhal, Mario Soares, etc.) y se redactaba la nueva constitución.
Hasta aquel día, cantaba Carlos Puebla:
“De Portugal yo sabía
Pocas cosas necesarias
Por ligeras y precarias
Nociones de geografía…”
Después de aquel momento de Portugal supimos mucho más, supimos indagar hasta el fondo de su alma como pueblo para descubrir que la saudade, esa suerte de melancolía tan portuguesa, navega como Vasco da Gama, buscando puertos libérrimos como los que alcanzó la “Revolución de los Claveles”.


Gerardo Rodríguez (miembro del Secretariado Nacional del STEC-IC)